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elviciosoerrante

Para explicar la globalización

Cuando un defecto alcanza a 46 millones de baterías, deja de ser un defecto para convertirse en un rasgo de carácter. Si las baterías de 46 millones de teléfonos móviles de Nokia, tal como se nos ha advertido, tienen tendencia al sobrecalentamiento, es porque las baterías de esa marca tienen tendencia al sobrecalentamiento. Los saltos cualitativos, con perdón, se producen por aumento de la cantidad. Los juguetes de Mattel con pintura tóxica, en cambio, apenas llegan a los siete millones de unidades. Eso sí puede calificarse de fallo. Si habláramos, en cambio, de 20 o 25 millones, no sería arriesgado afirmar que el veneno formaba parte del proyecto.

Ahora estamos analizando las cifras de la pasta de dientes en mal estado, que en principio tampoco son muy alarmantes. Que no cunda el pánico, pues. Desde el punto de vista estadístico, es casi imposible que en un mismo hogar el padre de familia se esté cepillando los dientes con una pasta emponzoñada al tiempo que la madre habla por teléfono con un Nokia recalentado y el hijo chupa un juguete con plomo. Lo que sí sabemos es que mientras un niño juega en Alicante con un cochecito contaminado, un chino se suicida o es fusilado en Pekín. ¿Qué mejor modo de explicar la globalización a la infancia?

Gallardón no se reproduce en cautividad

Las imágenes en las que tres personas capturan al tiburón de Tarragona son idénticas a aquellas otras en las que se ve a Aguirre, Zaplana y Acebes inmovilizando a Gallardón. Cada uno lo coge de un sitio para obligarle a entrar por el aro, pero él se hace astutamente el muerto, como en otras ocasiones, y al final lo dejan estar. No tardaremos mucho en ver de nuevo su aleta merodeando por las playas de la sucesión, sobre todo ahora que a Rajoy lo dan por muerto hasta sus propios promotores. Si al escualo lo han enviado al zoo, a Gallardón lo han amenazado con el Senado, que tiene las dimensiones políticas de una piscina.

El Senado le viene pequeño al alcalde de Madrid. No es que no pueda vivir en cautividad, de hecho lleva años ocupando espacios más pequeños de los que exigiría su naturaleza, pero es incapaz de reproducirse en tales condiciones. No ha tenido en todo este tiempo un solo hijo político, no hay dentro del PP una corriente, por pequeña que sea, que le apoye. ¿Y por qué no le apoyan?, cabría preguntarse. ¿Por demócrata? ¿Por ambicioso? ¿Por guapo? ¿Por feo? ¿Por impaciente? En un mundo donde hasta Martínez Pujalte ha creado escuela, resulta un misterio indescifrable. Aunque lo más probable es que no le apoyen por Gallardón.

Especialización (Juanjo Millás)

Conocidas como "las canaperas", viven en Madrid tres señoras que acuden a las presentaciones de libros en las que se sirven canapés. Da igual que el libro sea de ensayo o de ficción, de derechas o izquierdas, de tapa dura o de bolsillo. Resulta indiferente también que se presente en el Círculo de Bellas Artes, en la Casa de América o en el Thyssen- Bornemisza. Basta con que haya canapés para que aparezcan esas tres gracias, cuya conversación por otra parte es muy instructiva, pues son capaces de evaluar, a tres o cuatro metros de distancia de una bandeja, la calidad de los emparedados. A los escritores nos resultan muy útiles para saber el grado de confianza que el editor ha puesto en nuestra obra.

Jamás he tropezado con estas señoras en ambientes que no fueran los descritos. Ni en la cola del cine, ni en el autobús, ni en las ventanillas del Ministerio de Hacienda, ni en las escaleras de El Corte Inglés... Solamente las encontrarás donde haya canapés gratis, como si la selección natural las hubiera preparado para sobrevivir única y exclusivamente en ese medio, donde actúan con una habilidad que tiene fascinado al mundo de la cultura. Tal fascinación no significa, sin embargo, que si se presentaran a las próximas elecciones salieran elegidas. Un excelente catador de fiambres puede resultar un pésimo presidente del Gobierno. Cada uno a lo suyo.

Rajoy, Zaplana y Acebes comparten con nuestras canaperas su alto grado de especialización: sólo se les ve donde ha ocurrido una desgracia. Que ETA pone una bomba, ahí están; que se hunde un petrolero, a los tres minutos se manifiestan en la tele; que la economía da un traspiés, se aprestan a vaticinar el fin de todo. Jamás los encontrarás en una boda, en un bautizo, en un lugar donde haya motivos de alegría. Si el empleo aumenta, el terrorismo se toma unas vacaciones o la renta nacional se dispara, desaparecen del mapa como las moscas en enero.

Cabe pensar, en fin, que si estos tres cenizos ganaran las elecciones generales, se sintieran biológicamente impelidos a crear un mundo donde sólo hubiera entierros del mismo modo que las canaperas, si les fuera posible, vivirían en un universo donde únicamente hubiera canapés.

LA NOCHE EN BLANCO (MADRID)

Madrid acogerá, el próximo día 22 de septiembre, la segunda edición de La noche en blanco. Organizada por el Área de Gobierno de las Artes del Ayuntamiento, La noche en blanco de Madrid forma parte de la red Noches Blancas Europa, integrada también por París, Riga, Roma y Bruselas. Se trata de una cita cultural común, que pretende acercar las expresiones más novedosas del arte contemporáneo a los ciudadanos, de manera amena y festiva.

Tras el éxito de la primera edición, en el que casi un millón de personas tomó las calles de Madrid, esta segunda convocatoria volverá a contar con la colaboración de más de doscientas instituciones. Muchas de ellas se sumarán, por vez primera, a La noche en blanco, a través de un extenso programa de actividades culturales que ofrecerá a todos la posibilidad de disfrutar del rico patrimonio cultural de Madrid.

Cultura, creación, gratuidad y noche.

La programación de 2007 hará hincapié en los nombres propios de la creación contemporánea, en todos sus campos: danza, teatro, performance, literatura, cine, arquitectura o diseño, con la intención de que espectadores y artistas entablen un diálogo común, que convierta la noche madrileña en una auténtica celebración de la cultura.

La segunda edición de La noche en blanco se desarrollará desde las 21 horas del sábado 22 de septiembre hasta las 7 de la mañana del domingo 23.

Imaz pierde la batalla ante el sector soberanista del PNV y abandona la política

El presidente del PNV, Josu Jon Imaz, ha anunciado hoy en un artículo enviado a varios medios de comunicación, entre ellos EL PAÍS, que abandona la vida política activa. "No seré candidato a la presidencia del EBB del Partido Nacionalista Vasco, para la que fui elegido hace cuatro años. Volveré a la actividad profesional después de más de trece años de compromiso intenso", afirma en el texto. "Un partido no puede llevar adelante una modernización necesaria en un contexto de competición por el discurso. La reflexión serena exige liderazgos no cuestionados y partidos unidos y sólidos", asevera.

La noticia se conoce después de que la Ejecutiva del PNV aprobara el lunes por unanimidad la ponencia política que definirá la estrategia del partido para los próximos cuatro años, después de que los dos sectores enfrentados, el liderado por Imaz y el soberanista encabezado por el presidente de la ejecutiva guipuzcoana, Joseba Egibar, lograran consensuar un documento.

Dicho texto contempla la posibilidad de realizar directamente una consulta a la sociedad sobre el derecho a decidir de los vascos, en el caso de que no sea posible articular un acuerdo previo entre los partidos vascos o entre sus instituciones. Con esta fórmula se salvan las dos posiciones, la de Imaz, partidario de que la consulta esgrimida por Juan José Ibarretxe sea para refrendar un pacto entre las principales corrientes políticas de Euskadi, y la del propio lehendakari y Egibar, partidarios de utilizar este mecanismo para legitimar las tesis más soberanistas.

Con esta decisión, Imaz parece haber perdido la batalla ante el sector soberanista de Egibar. Ambas partes arrastran un enfrentamiento larvado desde que Imaz ganase a Egibar la presidencia de la formación nacionalista en 2003.

Salir del pesimismo

A un personaje del Torquato Tasso de Goethe le debemos una formulación que probablemente sea el paradigma de todas las disculpas: "De lo que uno es / son los otros quienes tienen la culpa". Esta convicción no explica nada pero alivia mucho; sirve para confirmar a los nuestros frente a ellos, esquematiza las tensiones entre lo global y lo local o proporciona un código elemental para las relaciones entre la izquierda y la derecha. Podemos estar seguros de que algo de este planteamiento sostiene la confrontación política cuando el discurso encaminado a mostrar que los otros son peores ocupa todo el escenario. Pero revela muy propia confianza en el propio proyecto, ideas y convicciones.

Así funciona, con escasas excepciones, el actual antagonismo entre la izquierda y la derecha. Por eso los análisis que en estas mismas páginas han hecho Sami Naïr de la política de Sarkozy o José María Ridao acerca del entorno ideológico de Bush son magníficas descripciones de lo equivocada que está la nueva derecha, pero dicen muy poco acerca de lo débil que es la izquierda. ¿Y si invirtiéramos la máxima de aquel personaje de Goethe y pensáramos qué culpa tiene la izquierda en el triunfo de la derecha? Este tipo de análisis suelen ser más provechosos porque no se enturbian con el prejuicio de pensar que si nuestros competidores son muy malos, entonces nosotros tenemos necesariamente razón. Creo que buena parte de lo que le pasa a la izquierda en muchos países del mundo es que se limita a ser la anti-derecha, algo que no tiene nada que ver, aunque lo parezca, con una verdadera alternativa. Se ha dicho que la izquierda tiene dificultades en movilizar a su electorado y hay quien piensa que esa operación vendría a ser, no tanto despertar la esperanza colectiva como inquietar al electorado para ganarse la preferencia que resignadamente nos hace decidirnos por lo menos malo.

Por decirlo sintéticamente: hoy la derecha es optimista y la izquierda pesimista. Tal vez el antagonismo político se articule actualmente más como disposición emocional que como proposición ideológica. Lo que ocurre es que las emociones y las ideas se relacionan más estrechamente de lo que solemos suponer. Si examinamos las cosas de este modo, percibiremos el desplazamiento ideológico que está teniendo lugar. Tradicionalmente la diferencia entre progresivo y conservador se correspondía con el pesimismo y el optimismo, en el orden antropológico y social. Mientras que el progresismo se inscribía en un desarrollo histórico hacia lo mejor, el conservadurismo, por decirlo con expresión de Ernst Bloch, ha estado siempre dispuesto a aceptar una cierta cantidad de injusticia o sufrimiento como un destino inevitable. Pero esto ya no es así, en buena medida. El estado de ánimo general de la derecha, que tiene su mejor exponente en Sarkozy, es todo lo contrario de la resignación: decidida y activa, sin complejos, confiada en el futuro y con una firme resolución de no dejar a nadie el mando de la vanguardia. Esta disposición es lo que está poniendo en dificultades a una izquierda que, aun teniendo buenas razones para oponerse, no las tiene a la hora de proponer algo mejor. Si recoge las causas de los excluidos o se convierte en abogada del pluralismo, no lo hace para construir a partir de todo ello una concepción alternativa del poder, y eso se nota en la mala conciencia de quien sabe que no está haciendo otra cosa que reclutar aliados.

La izquierda es, fundamentalmente, melancólica y reparadora. Ve el mundo actual como una máquina que hubiera que frenar y no como una fuente de oportunidades e instrumentos susceptibles de ser puestos al servicio de sus propios valores, los de la justicia y la igualdad. El socialismo se entiende hoy como reparación de las desigualdades de la sociedad liberal. Pretende conservar lo que amenaza ser destruido, pero no remite a ninguna construcción alternativa. La mentalidad reparadora se configura a costa del pensamiento innovador y anticipador. De este modo no se ofrece al ciudadano una interpretación coherente del mundo que nos espera, que es visto sólo como algo amenazante. Esta actitud recelosa frente al porvenir procede básicamente de percibir al mercado y la globalización como los agentes principales del desorden económico y las desigualdades sociales, dejando de advertir las posibilidades que encierran y que pueden

ser aprovechadas. Movilizar los buenos sentimientos e invocar continuamente la ética no basta; hace falta entender el cambio social y saber de qué modo pueden conquistarse en las nuevas circunstancias los valores que a uno le identifican.

La primera dificultad de la izquierda para configurarse como alternativa esperanzadora procede de esa especia de "heroísmo frente al mercado" (Zaki Laïdi) que le impide entender su verdadera naturaleza y le hace pensar que el mercado no es más que un promotor de la desigualdad, una realidad antisocial. Para una buena parte de la izquierda razonar económicamente es conspirar socialmente. Piensa que lo social no puede ser preservado más que contra lo económico. La denuncia ritual de la mercantilización del mundo y del neoliberalismo procede de una tradición intelectual que opone lo social a lo económico, que tiende a privilegiar los determinismos y las construcciones frente a las oportunidades ofrecidas por el cambio social. Desde este punto de partida es difícil comprender que la competencia es un auténtico valor de izquierda frente a las lógicas de monopolio, público o privado, sobre todo cuando el monopolio público ha dejado de garantizar la provisión de un bien público en condiciones económicamente eficaces y socialmente ventajosas.

Y es que también hay monopolios públicos que falsifican las reglas del juego. A estas alturas sabemos bien que existen desigualdades producidas por el mercado, pero también por el Estado, frente a las que algunos se muestran extraordinariamente indulgentes. En ocasiones, garantizar a toda costa el empleo es un valor que debe ser contrapesado con los costes que esta protección representa respecto de aquellos a los que esa protección impide entrar en el mercado de trabajo, creando así una nueva desigualdad. Enmascarada tras la defensa de las conquistas sociales, la crítica social puede ser conservadora y desigualitaria, lo que explica que la izquierda está actualmente muy identificada con la conservación de un estatus.

Esta actitud conservadora podría redefinirse en términos de innovación política modificando los procedimientos en orden a conseguir los mismos objetivos: se trata de poner al mercado al servicio del bien público y la lucha contra las desigualdades. La nostalgia paraliza y no sirve para entender los nuevos términos en los que se plantea un viejo combate. No es que una era de solidaridad haya sido sustituida por una explosión de individualismo, sino que la solidaridad ha de articularse sobre una base más contractual, sustituyendo aquella respuesta mecánica a los problemas sociales consistente en intensificar las intervenciones del Estado por formulaciones más flexibles de colaboración entre Estado y mercado, con formas de gobierno indirecto o promoviendo una cultura de evaluación de las políticas públicas.

Y la otra causa de que la izquierda presente actualmente un aspecto pesimista es su concepción únicamente negativa de la globalización, que le impide entender sus aspectos positivos en orden a la redistribución de la riqueza, la aparición de nuevos actores o el cambio de reglas de juego en las relaciones de poder. Al insistir en las desregulaciones vinculadas a la globalización, la izquierda corre el riesgo de aparecer como una fuerza que protege a unos privilegiados y rechaza el desarrollo de los otros. Es cierto que la dinámica general del mundo nunca había sido tan poderosa, pero también tan prometedora para muchos.

Por eso la izquierda del siglo XXI debe poner cuidado en distinguirse del altermundialismo, lo que no significa que no haya problemas graves a los que hay que buscar una solución, sin ceder a la letanía de deplorar la pérdida de influencia sobre el curso general del mundo. En lugar de proclamar que "otro mundo es posible", más le vale imaginar otras maneras de concebir y actuar sobre este mundo. La idea de que no se puede hacer nada frente a la globalización es una disculpa de la pereza política. Lo que no se puede es actuar como antes. La izquierda no se librará de ese pesimismo que la atenaza mientras no se esfuerce en aprovechar las posibilidades que genera la mundialización y orientar el cambio social en un sentido más justo e igualitario.

Un proyecto político tiene que encarnar una esperanza, razonable e inteligente, o no pasará de ser más que la inercia necesaria para seguir tirando.

Daniel Innerarity es profesor titular de Filosofía en la Universidad de Zaragoza.

No quiere morir, sólo ser perfecto

José Tomás le dijo una vez a Joaquín Sabina que le fascinaba "el misterio, la naturalidad y la hombría" con que Manolete "afrontó lo que tenía que afrontar". A estas alturas, es casi una obviedad decir que Tomás también tiene un misterio. Probablemente tiene varios. Claro, todo torero tiene que estar un poco loco para ser torero. Y todo torero verdadero guarda dentro un secreto, un alma distinta, una inteligencia de otra especie, un corazón de artista. ¿Pero acaso es José Tomás un hombre raro? "¡Qué coño va a ser!", dice José Tomás, padre. Su hijo mayor, añade el ex alcalde del PP de Galapagar, pelo completamente blanco y cara de buena persona, fue siempre muy normal, un chico estupendo, con alguna tendencia a la soledad y la meditación, y ahora es igual, "muy callado y solitario, pero también divertido y cariñoso", "del Atleti de Madrid porque en casa tenemos el corazón grande y está prohibido ser del Madrid"; un joven que "adora a Camarón de la Isla, al Che Guevara, a Manolete y a Antonio Ordóñez", y al que "le gusta vivir a su aire y pensarlo mucho todo".

Tomás tiene un misterio. Quizá tiene varios. Un torero tiene que estar un poco loco para ser torero

Tomás le dijo en una entrevista a Almudena Grandes que volvía porque "vivir sin torear no es vivir"

El regreso de Tomás ha sido aún más sonado de lo que fue su debut en 1997 en Las Ventas

Nada muy raro tratándose de un chico cualquiera de Galapagar, en la sierra de Madrid, nacido hace 32 años en el seno de una familia de derechas, moderadamente, que hizo su dinero con el ganado manso y "las finquitas" que reunió el abuelo, Celestino, nativo de Colmenarejo y hoy entrañable y sordo a los 89 años, y que también fue ocasional conductor de un gran turismo (un taxi de lujo) blanco que paseó por España a muchas de las figuras del toreo de la posguerra.

Todo el mundo sabe ya que después de cinco años de silencio y ausencias de los ruedos, su nieto ha vuelto a torear. En junio, Tomás le dijo a Almudena Grandes en una entrevista memorable en EL PAÍS que volvía porque "vivir sin torear no es vivir". Según su abuelo, "el chico ha vuelto porque no sabe hacer otra cosa". El caso es que el regreso no ha podido ser más estruendoso, y en apenas dos meses y 12 corridas, desde el espectacular debut del 17 de junio en Barcelona hasta la terrorífica cogida de Linares el 29 de agosto, día del 60º aniversario de la muerte de Manolete, Tomás se ha coronado otra vez como rey indiscutible del toreo.

Catalanes antinacionalistas como Albert Boadella y poetas como Joaquín Sabina, pero también sus propios colegas de profesión, se asombran al verlo, admiran su valor, subrayan que su arte encarna la verdadera torería. "Tiene dos cojones", dice Joselito. "Torea como sueña", afirma el matador Ángel Gómez Escorial. Para el promotor flamenco Juan Verdú, "hacía muchos años que los toros no daban esa sensación de peligro, esa emoción. Ahora, todo el que quiera torear sabe que ahí huele a ciprés". Sencillo y silencioso, un ejemplo de discreción, Tomás asiste impasible a tanto barullo y se limita a expresar en la plaza todo lo que calla fuera. Pero la presencia de la muerte, la posibilidad de que el torero muera en el albero ha vuelto a los ruedos con él. La parca, que parecía haberse esfumado de las plazas hasta convertir la fiesta en una sucesión monótona de suertes deshilachadas, ha vuelto al primer plano. Tanto, que hay gente que piensa que Tomás se quiere dejar matar en la plaza. "¿Dejarse matar? Yo creo que no", dice Joselito, "pero eso sólo lo sabe él. Siempre piensas que puede pasar, pero evidentemente no quieres que pase, es sólo un pensamiento". "Tomás es un torero trágico como Chocolate era un cantaor trágico", dice su amiga Carmen Esteban, que acaba de publicar la biografía de la viuda de Manolete, Lupe Sino, en Espasa. "Si le cogen tanto es porque se pone donde los toros te cogen", añade César Rincón, que confiesa admirar a Tomás: "Es un torero muy puro y demuestra tener un umbral del valor altísimo; sería mejor que le cogieran menos, claro, y seguro que a él le gustaría también que le cogieran menos...".

Otros matadores que se sienten agraviados por el sistema taurino, como Ángel Gómez Escorial y Joselito, creen que Tomás ha vuelto para liberar a la fiesta de los usos y mañas de los taurinos, esos que le obligaron a irse a México a hacer la carrera de novillero cuando se negó a pagar para poder torear en España. "Teníamos ideales muy parecidos en el fondo y la forma", explica Joselito. "Luchamos contra los que han llegado a la fiesta para servirse de la fiesta, los que entienden esto sólo como un negocio. Nosotros lo entendemos como una forma de vivir: de ello, por ello y para ello; ellos sólo entienden el primero: de ello".

Para esa cruzada, Tomás ha contratado a un apoderado catalán sin experiencia (el músico y ex crítico taurino Salvador Boix). Ha impuesto sus condiciones y su caché (en torno a los 50 millones de pesetas, aunque nadie suelta prenda). Ha llenado cada plaza que ha visitado, y ha puesto al escalafón en fila de a uno: o torear como él torea, donde él se juega la vida, o dedicarse a otra cosa. "Yo no quiero entrometerme. Al torero no le gusta que hable, sólo puedo decir que no es mejor ni peor, sino distinto a todos". Así saluda Celestino Román Martín, el abuelo de Tomás y patriarca de la familia. Fue él quien le inoculó el veneno. Primero, llevándole de niño a Las Ventas, tendido alto del 8; después, animándole a torear cuando José, su Jose, "iba para futbolista".

-¿Y qué ha heredado de usted Jose?

-El ser buena persona. Todo el mundo lo dice.

-¿Ha oído que la gente dice que ha vuelto para dejarse matar?

-Son leyendas. Lo que pasa es que tiene amor propio. Pero qué coño va... Quieren saber más que los demás, que no sabemos na.

Llega José Tomás, padre. Justo a tiempo para zanjar el asunto. "Así que se quiere dejar matar... ¿Es que el torero está gilipollas o qué? Cualquiera que lo conozca sabe que gilipollas no está, y loco, menos. Lo que pasa es que unos exponen más que otros. Y hay toreros que torean 100 corridas al año y salen sin un rasguño". El padre no se pierde una tarde de su hijo. Habla de él con una pasión que no ciega el conocimiento. "Siempre ha sido muy perfeccionista, su crítico más severo; nunca está contento, siempre busca más. Ha hecho mucho, pero no se conforma". Un rasgo de esa enfermedad de perfeccionismo: Tomás lleva, desde el año 2000, a un fotógrafo filmador a todas partes. Es Antonio Escamilla, hermano del malogrado operador de cine Teo Escamilla: "Grabo todas las corridas de Tomás y algunas tientas, soy uno más de la cuadrilla", dice. El torero, que en su primera etapa se negó a dejarse embaucar por los contratos millonarios de televisión, ve una y otra vez sus actuaciones para corregir cosas, detalles... Escamilla: "En el vídeo se ven mejor los fallos, y a él le gusta controlarlo todo, la lidia, los picadores, sus movimientos... Es muy serio, un tío excelente, y para él su cuadrilla es intocable".

Tomás viaja rodeado de un equipo pequeño que le permite vivir un clima de confianza y amistad. Aparte de su hermano Andrés, que es el mozo de espadas, y de su apoderado, Salvador Boix, los intocables son Miguel Cubero, su banderillero de siempre, y El Kiki, su ayuda, el chico para todo, que se crió con la familia. Boix negocia los contratos, exigiendo lo que el torero pide, y le libera del acoso de la prensa: "Él vive para torear", dice Boix. "El dinero importa, pero es una cosa más. Lo que él hace no se paga con dinero".

En la peña taurina José Tomás de Galapagar, al lado del estanco de la plaza, una cátedra formada por ocho o diez jubilados que conocen al torero desde niño, más un par de jóvenes de su edad que son amigos, pasa revista a las últimas noticias. La cornada de Linares ya es historia, "cuestión de rehabilitar bien y ver si llega a Salamanca el día 12".

Todos afirman que Tomás, en la calle es como en el ruedo: un ser excepcional y un hombre cabal. "Lo he tratado poco", dice Joselito, "es tímido y no habla mucho; pero es una persona pura, sincera y honrada. Lo que hace y lo que dice, lo mantiene. Siempre".

"Esa autenticidad ha tenido un efecto, los intelectuales han vuelto a la plaza", reflexiona Gómez Escorial. "La fuerza a los toros se la dieron gente como Lorca, Picasso y Hemingway, que estuvieron muy cerca de matadores como Sánchez Mejías, Ordóñez o Dominguín, que eran tipos abiertos al mundo; que hoy se acerque gente como Joaquín Sabina significa que esa unidad funciona otra vez, y eso ayudará a desterrar el estereotipo cerril".

Quizá por todo ese revuelo paralelo, el regreso de Tomás ha sido aún más sonado de lo que fue su llegada, cuando allá por 1997 debutó como matador en Las Ventas en la Feria de San Isidro y formó el primer gran delirio. Las palabras que escribió el maestro Joaquín Vidal, aquella primera noche de puerta grande, a toda prisa y certero como una daga, sirven para explicar hoy, diez años después, un fenómeno que en el fondo no tiene nada de paranormal: "Y llegó José Tomás... Llegó José Tomás, se echó la muleta a la izquierda y acabó con el cuadro. Quiere decirse que se terminó la presente historia. La hegemonía de los pegapases y sus derechazos pasó a mejor vida". "Llegó José Tomás; y, desde entonces, tienen un antes y un después la feria y la fiesta". Un antes y un después. Nadie lo hubiera dicho viéndole aquella noche, cuando nada más salir a hombros de la plaza se metió en la furgoneta para volver al hotel Victoria. Imposible olvidar su mirada perdida, esa serenidad marciana, y aquella forma medio abúlica de encajar un éxito histórico para el que se había preparado desde que su abuelo Celestino le preguntó, cuando tenía 10 años, si quería torear. Durante el trayecto, Tomás sólo abrió la boca para contestar parco a las preguntas, y sólo sonrió cuando el coche pasó por la plaza de Neptuno y dimos una vuelta alrededor del dios atlético en homenaje a su equipo del alma.

Vidal no se equivocó. Tomás recuperó el toreo por derecho, explicó lo que es el valor y recordó que sin el riesgo y la emoción del juego entre la vida y la muerte, el toreo no es nada. Diez años después, mientras unos tratan de apropiarse del mito y de deconstruir al hombre que sólo habla en la plaza, él sigue con su misión imposible, la búsqueda de la perfección en el toreo; la renovación de ese milagro fugaz que Bergamín llamó la música callada del toreo.

Una furtiva lágrima

Es quizás atrevido decirlo, pero con Pavarotti se va algo más que un tenor de una belleza vocal impresionante, se va algo más que un artista carismático como pocos. Con Pavarotti se va una época: la de la reconstrucción de los valores morales después de la II Guerra Mundial; la de los sueños. Su figura se emparenta más con algunas del neorrealismo italiano, como la actriz Anna Magnani, que con la de muchos de sus colegas cantantes.

Sus orígenes humildes sustentan la leyenda. Muchos niños de sus años de triunfo soñaban ser de mayores como él. Hoy los niños no ven la ópera como horizonte, sino el fútbol. La ascensión al Olimpo del éxito de un cantante, que tan magistralmente cuenta Willa Cather en su novela El canto de la alondra a propósito de una soprano, hoy es sólo literatura. Los sueños apuntan en otra dirección. Pavarotti había entrado, en cualquier caso, desde hace tiempo en la categoría de los mitos.

Luciano Pavarotti vivió la vida con intensidad y compartió su felicidad con los demás en la medida de lo que estaba a su alcance. Se instaló grandes temporadas en Pesaro, lugar natal de Rossini, el hedonista. Estas elecciones nunca son casuales. Como no lo es la de Juan Diego Flórez -su heredero, según el propio Pavarotti-, que se está construyendo una casa justo al lado.

Se embarcó con Domingo y Carreras en la aventura de los tres tenores, tratando de extender el canto a un sector de la población no acostumbrado. Se unió a Sting o a Bono en otro intento de seguir ampliando fronteras. Se sentía a gusto en los grandes estadios, desde la Arena de Verona, donde le escuché un Réquiem, de Verdi, estremecedor, hasta el campo de San Mamés, donde dio un recital para celebrar el centenario del Athletic de Bilbao, con el que fijaba su posición frente al madridismo de Plácido Domingo.

Pavarotti, en fin. Era un artista cercano, familiar, campechano con sus inseparables pañuelos. Tuvo una infancia feliz. Fue subiendo peldaños asimilando con naturalidad el éxito y sin perder en ningún momento el sentido de la realidad.

"La ópera no es ya una propiedad exclusiva de los ricos o muy cultos", decía, y se sentía bien con ello.

Pavarotti representa como pocos el placer de cantar, que al fin y al cabo es un reflejo del placer de vivir. Un día escogió para una revista inglesa a sus tenores preferidos: Caruso, Gigli, Martinelli, Pertile, Lauri Volpi, Tagliavini, Bjoerling, Di Stefano, Bergonzi, Corelli, Gedda, Del Monaco, McCormack. Toda una manifestación de principios, que alumbra más que mil teorías. Su preferido de los actuales, ya lo saben: Flórez.

Con una furtiva lágrima a punto de correr, los discos esperan: A te o cara, A mes amis, Nessun dorma, Chi gelida manina... Rossini, Bellini, Donizetti, Tosti, Verdi, Puccini. La voz de oro era italiana. De Módena, como el famoso vinagre.

La memoria y los equipos de reproducción van a permitir que, al menos artísticamente, la muerte sea un poco burlada. ¿Un poco? No. Totalmente.

J. Á. VELA DEL CAMPO