QUE FALSEDAD
¡Vaya ridículo! ¡Qué cantidad de tergiversaciones interesadas! ¡Qué patético resulta todo ahora a la luz de la verdad!
Nos marearon durante tres largos años con la cantinela monocorde del ¡queremos saber! y, al fin, hemos sabido. Pedían investigación hasta el fondo y la han tenido: ¿Y ahora qué?
Estamos en una democracia madura, muy madura; vivimos en un estado de derecho y la justicia se ha pronunciado. Una impecable labor procesal encabezada por el juez Javier Gómez Bermúdez después de la instrucción de su colega Juan del Olmo (tan vilipendiado y ahora, por fin, reivindicado), han puesto negro sobre blanco la versión oficial de lo que ocurrió en Madrid aquel aciago 11 de marzo de 2004. El fallo judicial se ciñe a los hechos probados, no a las conjeturas tan disparatadas como interesadas de tantos. La justicia ha hecho su labor en un régimen garantista, tanto que uno de los principales actores en el proceso, Rabei Osman, el egipcio, ha sido absuelto para disgusto de muchos de los familiares de las víctimas, entre ellos Pilar Manjón, quien ha anunciado ya el ejercicio de un derecho que les asiste como es el de recurrir la sentencia. El mecanismo legal funciona y, a pesar de las discrepancias que cada cual pueda manifestar, debemos felicitarnos por ello como sociedad.
La justicia ha hablado y ha echado por tierra cualquier atisbo de la fantasmagórica teoría de la conspiración. Queda meridiana y contundentemente claro que la banda terrorista ETA no tuvo nada que ver con estos atentados, desmontando así el principal argumento empleado por algunos conspicuos miembros del Partido Popular y determinados medios de comunicación empeñados en que la verdad jurídica no destruyera sus nada inocentes ensoñaciones. Preocupa en este sentido que Mariano Rajoy haya dejado un resquicio abierto mostrando su apoyo a cualquier otra línea de investigación, algo que, realmente, se define por sí solo.
Tampoco ha habido indefensión en los acusados por el manejo del secreto del sumario del juez Del Olmo ni se rompió la cadena de custodia de la famosa mochila (llamada en la sentencia apropiadamente bolsa de deportes) ni en la Renault Kangoo. Lo mismo cabe decir acerca del delirio de los explosivos (del tipo goma 2) procedentes de Mina Conchita ni de la cuestionada labor policial que ha quedado debida y justamente reivindicada en la sentencia judicial.
Ayer debió quedar cerrado un capítulo negro y siniestro de nuestra reciente historia. Sería bueno, al menos, que así fuera por dignidad y fortaleza democrática. Si alguien quiere recurrir puede hacerlo y mientras tanto todos debemos acatar el fallo y no elucubrar con autores intelectuales ni otras quimeras desarboladas por la propia fuerza de los hechos. ¡Ya está bien! Las víctimas y sus familiares se merecen un respeto que algunos parece que no van a reconocer fácilmente.
Como última derivada hay que subrayar que la sentencia viene a suponer un triunfo del periodismo honesto y responsable frente al interesado amarillismo de algunos medios que ahora deberían pedir perdón a sus lectores y oyentes. ¿Lo harán?: claro que no, desechen de inmediato cualquier duda al respecto.
Y otra más, de paso, el Partido Popular tampoco entonará el mea culpa. Después de todo lo que han dicho José María Aznar, Mariano Rajoy, Ángel Acebes, Eduardo Zaplana, Jaime Ignacio del Burgo, Agustín Díaz de Mera, Jaime Mayor Oreja y Vicente Martínez Pujalte, entre otros, hoy cabría esperar un atisbo de mínima autocrítica ante el ridículo papel en el que quedan sus afirmaciones. Pero tampoco ocurrirá, y es una pena porque a cuatro meses de las elecciones del 9 de marzo, este país merece tener una oposición que no lo tome por tonto.
Nos marearon durante tres largos años con la cantinela monocorde del ¡queremos saber! y, al fin, hemos sabido. Pedían investigación hasta el fondo y la han tenido: ¿Y ahora qué?
Estamos en una democracia madura, muy madura; vivimos en un estado de derecho y la justicia se ha pronunciado. Una impecable labor procesal encabezada por el juez Javier Gómez Bermúdez después de la instrucción de su colega Juan del Olmo (tan vilipendiado y ahora, por fin, reivindicado), han puesto negro sobre blanco la versión oficial de lo que ocurrió en Madrid aquel aciago 11 de marzo de 2004. El fallo judicial se ciñe a los hechos probados, no a las conjeturas tan disparatadas como interesadas de tantos. La justicia ha hecho su labor en un régimen garantista, tanto que uno de los principales actores en el proceso, Rabei Osman, el egipcio, ha sido absuelto para disgusto de muchos de los familiares de las víctimas, entre ellos Pilar Manjón, quien ha anunciado ya el ejercicio de un derecho que les asiste como es el de recurrir la sentencia. El mecanismo legal funciona y, a pesar de las discrepancias que cada cual pueda manifestar, debemos felicitarnos por ello como sociedad.
La justicia ha hablado y ha echado por tierra cualquier atisbo de la fantasmagórica teoría de la conspiración. Queda meridiana y contundentemente claro que la banda terrorista ETA no tuvo nada que ver con estos atentados, desmontando así el principal argumento empleado por algunos conspicuos miembros del Partido Popular y determinados medios de comunicación empeñados en que la verdad jurídica no destruyera sus nada inocentes ensoñaciones. Preocupa en este sentido que Mariano Rajoy haya dejado un resquicio abierto mostrando su apoyo a cualquier otra línea de investigación, algo que, realmente, se define por sí solo.
Tampoco ha habido indefensión en los acusados por el manejo del secreto del sumario del juez Del Olmo ni se rompió la cadena de custodia de la famosa mochila (llamada en la sentencia apropiadamente bolsa de deportes) ni en la Renault Kangoo. Lo mismo cabe decir acerca del delirio de los explosivos (del tipo goma 2) procedentes de Mina Conchita ni de la cuestionada labor policial que ha quedado debida y justamente reivindicada en la sentencia judicial.
Ayer debió quedar cerrado un capítulo negro y siniestro de nuestra reciente historia. Sería bueno, al menos, que así fuera por dignidad y fortaleza democrática. Si alguien quiere recurrir puede hacerlo y mientras tanto todos debemos acatar el fallo y no elucubrar con autores intelectuales ni otras quimeras desarboladas por la propia fuerza de los hechos. ¡Ya está bien! Las víctimas y sus familiares se merecen un respeto que algunos parece que no van a reconocer fácilmente.
Como última derivada hay que subrayar que la sentencia viene a suponer un triunfo del periodismo honesto y responsable frente al interesado amarillismo de algunos medios que ahora deberían pedir perdón a sus lectores y oyentes. ¿Lo harán?: claro que no, desechen de inmediato cualquier duda al respecto.
Y otra más, de paso, el Partido Popular tampoco entonará el mea culpa. Después de todo lo que han dicho José María Aznar, Mariano Rajoy, Ángel Acebes, Eduardo Zaplana, Jaime Ignacio del Burgo, Agustín Díaz de Mera, Jaime Mayor Oreja y Vicente Martínez Pujalte, entre otros, hoy cabría esperar un atisbo de mínima autocrítica ante el ridículo papel en el que quedan sus afirmaciones. Pero tampoco ocurrirá, y es una pena porque a cuatro meses de las elecciones del 9 de marzo, este país merece tener una oposición que no lo tome por tonto.
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